En una nueva historia de nuestra sección“Relatos albirrojos, Curicó Unido para leer”, se cuenta un pasaje de la vida del “Lucho”, justo en tiempos cuando el Curi de Tercera División era protagonista de una épica remontada ante Linares.

Pocos conocen la real historia del Lucho. Con 37 años, era un hombre con un futuro no muy claro, sin hijos, y sin padres. Al parecer ambos fallecieron. No lo sé muy bien en realidad. En cuanto a parejas, se le vio durante un tiempo con la Panchita, una simpática educadora de párvulos de la Manuel, que trabaja en Lontué. Pero tras unas copas demás después de un partido del Curi, él le fue infiel con otra frente a sus propios ojos.

¿Qué fue del Lucho de ahí en adelante? Todo mal. Lo echaron de la “Vulca” donde había trabajado por 8 años, no pudo seguir pagando el arriendo de su pieza en la Curicó, y más encima cayó en una crisis alcohólica tremenda. Lo único que lo hacía sonreír era la gran campaña del Albirrojo de 2005.

Curicó Unido era su única distracción en momentos difíciles. No me pregunten de dónde sacaba dinero para ir a la cancha, si las pocas monedas que tenía las gastaba en vino en cartón. Pero en su cabeza la Panchita daba mil vueltas. A cada segundo. ¿Cómo recuperarla? No se le ocurría.

La única manera de detener un poco ese pensamiento era con el Curi al frente. Así, un día desde la antigua galería, Luchito veía un juego más del equipo de sus amores frente a Deportes Linares. Pero las cosas no iban bien, y así como en su vida todo transcurría de una manera difícil, en la cancha los dirigidos por Jaime Nova perdían 0 – 3 en 44 minutos del primer tiempo.

Madre mía. Ni siquiera el poco de vino que tenía en su sucia botella de 250 cc le quitaría los nervios.

Se puso de pie en su ubicación y se agarró de la reja justo cuando regresaba el equipo a la cancha. A los pocos segundos, Narvai ponía la esperanza con el 1 – 3 de penal. Minutos después, el Abuelo Briceño mandaría uno de los derechazos que más ilusión le darían al Lucho en sus casi cuatro décadas de vida. Se acercaba el cierre del cotejo, y milagrosamente por unos segundos la Panchita saldría de su mente.

Se anunciaban los descuentos, y ese Curi de Tercera División llegaba al empate justo al 90’ ¡El central Tito González marcaba!  El ex Trasandino aparecía al costado derecho del pórtico sur de la vieja Granja y marcaba el 3 – 3 cuando muchos ya pensaban en irse. Fue un grito unísono. Era una trayectoria de balón casi perfecta, pero que aún no alcanzaba. Un empate que muchos celebraban como el gol agónico en una final de la Copa del Mundo. ¿Y el Lucho? Nunca perdió la fe en ese plantel, y no se movió de su ubicación ahí a la altura del antiguo kiosko.

Pero tranquilos, que eso no fue todo. Segundos después aparecía otra vez Héctor González para tocar una pelota que quedó dando rebote en el sector linarense y simplemente le pegó a donde llegara. ¡Y le achuntó! ¡Era el 4 a 3! No me pregunten dónde quedó el poco de vino que acompañaba al Luchín. Daba lo mismo, solo importaba celebrar el logro que había alcanzado Curicó tras ir 0 – 3 abajo.

Los jugadores del Tiburón metieron todo el empuje para eso que tanto que querían: la victoria, los 3 puntos, incluso cuando veían que todo estaba mal. Así, a su mente volvió la mujer de su vida. ¿Por qué no intentarlo otra vez? ¿Por qué no ir a buscar a la Panchita y demostrarle que todo había sido un error?

Bueno, pasó el tiempo y nadie supo si el Lucho y la Panchita volvieron a tener algo. Sin embargo, se les ha visto juntos en la Plaza del Barrio conversando muy amorosamente.

De seguro, desde muy cerca han estado los once albirrojos que lograron esa épica remontada ante Linares, alentándolo de la misma manera como él los apoyó para el objetivo final. No lo sé. Nadie lo sabe. Solo él y su Panchita querida.

(Foto cdpcuricounido.cl)
Curicó Unido 2005. | (Foto cdpcuricounido.cl)
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